Atascados en el barro. Cómo (no) sacar una furgoneta del barro

Sabíamos que no debíamos pasar. Lo sabíamos. Lo intuíamos. Pero pasamos de todas formas. Y por actuar contra de lo que pensábamos nos quedamos atascados en el barro. En este post os explicamos cómo no hay que sacar una furgoneta del barro. Once horas fue el tiempo que tardamos en rescatar la Saioneta después de confirmar que se nos había estropeado el 4×4.

Llegamos de noche. A lado y lado nos acompañaba la más absoluta oscuridad. Delante nuestro a penas alcanzábamos a vislumbrar un pedazo de mundo iluminado por el haz de luz que proyectaban los faros de la furgoneta. Más adelante, el piloto rojo de la moto de nuestro guía nos marcaba el itinerario a seguir. La carretera se convirtió en una estrecha franja de hormigón rallado que nos trazó la trayectoria hasta un camino embarrado.

Giramos a la derecha y bajamos una pequeña cuesta para acabar aparcando la furgo en una trampa de arena y agua, únicamente disimulada por el pasto que había crecido a su alrededor. Una trampa que acabaría engullendo, de forma sutil, las más de dos toneladas de peso de nuestro vehículo vivienda.

El día siguiente despertamos con un sol radiante y fuimos a desayunar a la cabaña de nuestro amigo, Daniel. Viajero de vocación, este chico de Medellín optó por dejar la ciudad para irse a vivir a una casita perdida en una de las múltiples veredas de Santa Elena. Harto de la vida urbana, actualmente comparte espacio con otro chico en la última casa de la vereda el Plan, a la que llegamos caminando por un corto aunque empinado sendero rodeado de naturaleza.

Pasamos buena parte de la jornada conversando con Daniel y tejiendo mándalas, el último pasatiempos adquirido en nuestro paso por la caleña localidad de Potrerito. De forma prácticamente inexplicable, la lluvia no hizo acto de presencia después de varias semanas bien lluviosas. Y al día siguiente cayó todo lo que se había reservado en la vigilia. Fue tal el chaparrón que en un momento escuchamos una pequeña explosión en el comedor. La tormenta nos dejó con un módem achicharrado y sin conexión a internet.

Nos volvimos a dormir a la furgoneta con la intención de despertarnos temprano el próximo día. Aprovechando que empezaba el fin de semana queríamos ir a vender artesanías al parque de Santa Elena. Pero al poco de arrancar tomamos conciencia de que no podríamos salir de ese barrizal. Nos habíamos quedado atascados en el barro. Las ruedas delanteras rodaban sin parar, hundiéndose en el barro. Mientras tanto, las ruedas traseras se mantenían completamente quietas. La tracción a las cuatro ruedas fallaba y la Saioneta se negaba a avanzar. Sería el inicio de un día largo. Muy largo.

Teniendo en cuenta que estábamos completamente atorados en la parte plana del terreno, preferí no pensar demasiado en el tramo de subida que nos esperaba. Simplemente, fui a buscar un machete, algunas piedras y maderas para poder alzar la rueda atascada y tratar de darle tracción. Mientras tanto, Marta se encontró con unos de los vecinos, una pareja de agricultores que se prestaron desde el primer instante a estirarnos con su 4×4.

Empujando la furgo tras quedarnos atascados en el barro
Empujando la furgo tras quedarnos atascados en el barro.

Y lo conseguimos, no sin dificultades, en el tramo plano. Un par de horas después de empezar el proceso nos colocamos a tan sólo dos o tres metros del camino principal. Ahí empezó la odisea. A pesar de tener un 4×4 que nos remolcara y un grupo de cinco personas para empujar, la furgo simplemente se hundía y se volvía a un hundir sobre sus ruedas delanteras. Avanzábamos unos centímetros y una de las ruedas entraba en el barro hasta tocar el eje. Subíamos algunos centímetros más y nos tocaba levantar las dos ruedas para colocarle un saco de escombros debajo e intentar proseguir.

Lo intentamos todo. Probamos por primera vez el cabestrante manual que llevábamos cinco años sin usar. Pero el 4×4 de nuestro amigo agricultor no era lo suficientemente pesado. Y en lugar de moverse nuestro vehículo, éste arrastraba el de nuestro nuevo amigo. Seguíamos completamente atascados en el barro.

Para acabar de complicarlo todo, cuando ya estábamos a un solo metro de nuestra meta, nos quedamos sin combustible.

Daniel se prestó voluntario para buscar un algunos galones de diésel en su moto e ir a llamar a su compañero de piso, Juan Diego, que ya había estado ayudándonos al inicio del día. Él tenía un 4×4 más potente y pesado que el anterior y seguramente tendría menos dificultades para darle el último empujón a la furgo. Viendo que tardaría un poco, decidimos tomarnos unos mates mientras lo esperábamos. Eran los dos de la tarde pasadas. Llevábamos seis horas atorados y tratando de sacar la Saioneta del barro.

Finalmente llegó Juan Diego. Ya habíamos levantado de nuevo las dos ruedas de la furgo y habíamos colocado tablas de madera y otros dos sacos de escombros que nos había prestado otro de los vecinos. Pensábamos que saldría a la primera. Pero, cuando nos estiró, las ruedas empujaron las tablas, hicieron hundir los escombros, y la furgo se quedó donde estaba. Fue entonces cuando decidimos usar de nuevo el cabestrante manual. Milímetro a milímetro, centímetro a centímetro, fuimos subiendo la Saioneta, que seguía resistiéndose a salir del todo.

Empezaba a hacerse de noche cuando ya la teníamos prácticamente en el camino. Serían las 6 de la tarde. Todo estaba preparado para la estirada final. Y, esta vez sí, la furgo salió del barrizal para meterse… en otro barrizal. Tal es el peso de la furgo que incluso en la vereda tenía dificultades para agarrar tracción. Finalmente, Juan Diego tuvo que estirarnos de nuevo para llevarnos hasta el camino de hormigón. Habían pasado un total de once horas. Era tanto el tiempo que pasamos sin tracción que se me hizo hasta raro cuando las cuatro ruedas de la Saioneta volvieron a rodar a la vez e hicieron avanzar el vehículo hacia donde yo quería.

Terminamos cansados, pero felices. Increíblemente contentos por haber recuperado la furgoneta. Por haber sentido una vez más la calidez de un pueblo, el colombiano, que nunca dejará de sorprenderme por su simpatía y su solidaridad. Y por haber aprendido de una vez por todas la lección: Evita actuar en contra de lo que piensas y de lo que sientas. Si vas a hacer algo y tu pensamiento, tus convicciones y tu corazón te dicen que no lo hagas, da marcha atrás. Te evitarás quedarte bloqueado durante horas, días o tal vez meses.

Muchas gracias a todos los que nos habéis ayudado en este proceso. Gracias por vuestro apoyo, por vuestra energía y por ayudarnos a aprender una nueva e importante lección de este viaje: qué hacer cuando quedamos atascados en el barro.

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2 comentarios en “Atascados en el barro. Cómo (no) sacar una furgoneta del barro”

  1. HOla:
    ya me conozco yo eso de los atascos, y eso que la mía no es 4×4, pero mi pregunta es si funciona el cabrestante manual, pues mi hermano me regaló uno pero nunca lo he usado.
    Un truco que usan mucho en el desierto, es llenar esos sacos grandes que usan en los mercados rellenos de lentejas, arroz, etc. y una vez rellenos de arena, colocar bajo las ruedas, además se pueden llevar en la furgo sin ocupar casi espacio.
    Buen viaje.

  2. Hola amigos:
    ¡Vaya embarrada! Hay veces que caes en la trampa de la manera más tonta. Nosotros nos quedamos atascados en la arena en un camping de Senegal. Nos tuvieron que sacar con un 4×4. Hicimos el ridículo a base de bien.
    ¡Buena gente los colombianos que os ayudaron!
    Seguid bien

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